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Estudio de caso

VIH

Muertes ocasionadas por el VIH en todo el mundo por cada 1000 personas
Proyección actualSi progresamosSi retrocedemosRecorte presupuestal del 10 %
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Fundación del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria
2002
Fundación de PEPFAR
2003
Esta proyección refleja el impacto de los recortes de financiamiento por parte de los países donantes destinado al tratamiento del VIH, un solo aspecto de los programas mundiales contra el VIH, que también incluyen el diagnóstico y la prevención.

La historia que se esconde detrás de las cifras

Bill Gates

Copresidente de la Fundación Bill y Melinda Gates

Pero a inicios de los 2000 se destinó una gran inversión a escala mundial para combatir la crisis, con el apoyo del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria y PEPFAR, el Plan de Emergencia del Presidente de los Estados Unidos para el Alivio del Sida. Nunca se había dado un impulso de tal magnitud en materia de salud mundial en el suministro de productos y servicios clínicos a las personas que los necesitaban. Eso explica la drástica caída de la curva que representa el número de muertes a causa del sida a partir del 2005.

El sida, tras haberse cobrado 35 millones de vidas, es la peor catástrofe humanitaria que mi generación haya presenciado. Pero si pensamos en lo que habría ocurrido si la curva se hubiera mantenido en su trayectoria original, no podemos negar que la lucha contra el VIH cuenta entre nuestros mayores logros.

Pero es un logro que peligra.

Los gobiernos —tanto de países donantes como en desarrollo— que respondieron tan contundentemente a la crisis de hace quince años, ahora priorizan otros asuntos. El financiamiento del control del VIH se ha estancado, e incluso se están planteando posibles recortes. En un mundo donde las prioridades compiten y los recursos son limitados, este tipo de replanteamientos son obligatorios, pero es indispensable tener una clara conciencia de cuáles podrían ser las consecuencias.

No estoy abogando por un cheque en blanco para el tratamiento del VIH, porque creo que no lo necesitamos.

En primer lugar, podemos tratar de atender con mayor eficiencia a los pacientes. En algunos países, como Zimbabue, se ha puesto en marcha lo que se conoce como atención diferenciada. A los pacientes que cumplen correctamente su régimen de tratamiento se les suministra un tipo de fármacos de efecto prolongado y así no tienen que acudir a un centro de salud con tanta frecuencia. Más de dos terceras partes de los pacientes en tratamiento de Zimbabue acuden al médico cada tres meses. Por el contrario, los pacientes que son menos propensos a cumplir el régimen reciben atención extra. Con este modelo, no se malgastan los recursos brindando más servicios de los que ciertos pacientes necesitan ni tampoco se corre el riesgo de que empeoren otros pacientes al recibir menos atención de la que requieren.

En segundo lugar, la clave para resolver la crisis del sida a largo plazo es la prevención. Si menos personas se infectan, habrá menos personas que requieran tratamiento. No tenemos por qué controlar una enfermedad si podemos erradicarla.

Debemos identificar y promover las mejores prácticas preventivas para obtener el máximo rendimiento por dólar invertido.

Lamentablemente, el panorama en el campo de la prevención también es preocupante. En la década anterior, el descenso del número de nuevas infecciones se ha ralentizado. La tasa actual de descenso está muy lejos de poder contrarrestar el efecto del crecimiento demográfico que África experimentará en la próxima generación. El futuro de la juventud africana es un motivo de optimismo: cada año, más y más jóvenes talentosos con la ambición de resolver problemas de envergadura alcanzan la mayoría de edad; pero asegurarse de que todos ellos reciban la atención necesaria plantea un gran desafío.

En 1990, había 94 millones de personas en el continente africano que tenían entre 15 y 24 años, la franja de edad de mayor vulnerabilidad de contraer el VIH. Para el 2030, habrá más de 280 millones.

Es muy claro lo que esto significa. Si no redoblamos los esfuerzos en materia de prevención, el número absoluto de personas que contraigan el VIH llegará a superar el último máximo registrado.

Debemos esmerarnos más. Y parte de ese esmero supone un aumento del financiamiento, no una reducción. Tal y como hicimos con el tratamiento, ahora debemos identificar y promover las mejores prácticas preventivas para obtener el máximo rendimiento por dólar invertido.

Kenia ha sido un ejemplo a seguir en esta área, pues se ha dedicado a promover la circuncisión masculina voluntaria y la profilaxis previa a la exposición, dos de los métodos de prevención más eficaces de nuestros días. Otros países pueden aprender mucho de lo que se ha logrado en Kenia.

Con el paso del tiempo necesitaremos mejores herramientas, tales como fármacos de acción prolongada que prevengan la infección por el VIH y, en última instancia, una vacuna. Pero la tendencia del financiamiento destinado a la investigación y desarrollo es similar a la del financiamiento para el suministro de fármacos: se ha estancado, y ahora se están planteando posibles recortes.

Estamos ante una perspectiva muy sombría. Sin inversión en investigación y desarrollo, no llegarán nuevos descubrimientos que contribuyan a prevenir la transmisión del VIH. Mientras tanto, si no invertimos más recursos para poner al alcance del público las herramientas con las que contamos ahora, experimentaremos un aumento de casos; si los casos aumentan, tendremos que invertir más dinero en tratamiento para evitar más muertes.

Pero esta cadena de causalidad puede invertirse. Si aumentamos el financiamiento, si somos más eficientes, si compartimos lo aprendido y si mostramos un mayor liderazgo, forjaremos un futuro donde el VIH dejará de ser una amenaza para la salud pública.

Historias que se esconden detrás de las cifras

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